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¡Envía tu Espíritu, Señor!
Padre Enrique Terriquez
Jn 20,19-23
Celebramos la fiesta del Espíritu Santo, la fiesta misma de Dios. Pentecostés no es una fiesta instituida para ilustrar un dogma, como, por ejemplo, las fiestas de la Santísima Trinidad o de Corpus Christi (presencia eucarística).Tampoco está destinada a celebrar la Persona del Espíritu Santo – no hay una fiesta particular del Espíritu Santo. Como no hay una fiesta del Padre o del Verbo. Pentecostés en el tiempo litúrgico, es la celebración de un misterio de la salvación, como Navidad o Pascua.
Misterio de la salvación, conviene recordar, es uno de esos actos o momentos decisivos del divino plan de gracia de Dios: un hecho que, una vez acaecido, establece para siempre un elemento o un nuevo principio en la relación que existe entre el hombre y Dios. Es por eso, que la celebración de los misterios como Navidad y Pascua o Pentecostés, no es un simple memorial en el sentido de un simple recuerdo. Celebrándolo nos introducimos en la corriente del don de Dios, de un don siempre activo para operar en el tiempo lo que un día inauguró. Nuestro Dios no es inerte, sino vivo; “El que es, el que era, el que viene” como lo escribe el Apocalipsis (1. 4; 4) respondiendo al Éxodo (3,14).
Hoy estamos en esa corriente del don de Dios, de su Espíritu que es la misma vida de Dios. Somos parte de esa vitalidad, dinamismo y novedad que caracteriza al Espíritu de Dios. Pentecostés no es más que una palabra griega que significa cincuentena, usada en el lenguaje litúrgico judío para dar gracias a Dios por la cosecha, siete semanas o cincuenta días a partir de la Pascua. Luego pasó a ser memoria del don de la ley en el Sinaí al pueblo liberado de Egipto. San Lucas nos narra en los Hechos, el evento de Pentecostés como las primicias del Espíritu; el fruto de la promesa hecha por Jesús al final de su mismo evangelio: “Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre… quédense en la ciudad hasta que sean revestidos por la fuerza que viene de lo alto” Lc 24, 49. Y luego San Lucas nos explica el evento con la fuerza de los signos de la unidad, del viento, del fuego y Jerusalén.
“Estaban todos juntos en un mismo lugar” Unidos sin duda en un solo corazón y posiblemente orando, aunque encerrados todavía. Afuera en la plaza los peregrinos venidos de todos los puntos cardinales del Imperio Romano. Y “de repente” viene del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso que abre todas las puertas. “lenguas como de fuego, que se repartían y posaban sobre cada uno de ellos” Y “Entonces todos quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a anunciar la palabra de Dios con seguridad” Hechos. 4:31
El símbolo bíblico del viento designa al Espíritu que llega “de repente”, porque así es el actuar de Dios que no puede ser calculado ni previsto por el ser humano. El fuego que en el Antiguo Testamento era el símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente, está ahora aquí en Pentecostés como un fuego devorador (Deut.4, 24), o como una hoguera perpetua (Is 33,14) para que todo el que entre en contacto con él, como en el fuego, quede transformado. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón de la Iglesia.
Lo que Jesús había dicho a la Samaritana: “Mujer, llega la hora en que ni en esta montaña, ni en Jerusalén adorareis al Padre… Llega la hora, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad…” (Jn 4,21, 23), se ha cumplido al momento de su Resurrección, en que su cuerpo glorificado remplazó definitivamente el antiguo Templo. Desde Pentecostés, como un estallido, es anunciada la vocación de la Iglesia a hablar todas las lenguas y hablando todas las lenguas, a restaurar en Cristo, por el Espíritu Santo, la unidad rota en Babel por la confusión de lenguas. El templo de Dios será en todas partes donde habrá adoradores en espíritu y en verdad.
Celebremos pues Pentecostés; la fiesta de todas las fiestas, la plenitud de la Pascua que nos hace libres, en Cristo, para el servicio de Dios y de toda la humanidad. Dejémonos pues devorar por ese fuego del amor de Dios, para renovar la faz de la tierra.
¡Ven Espíritu, Ven!
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