Noticias locales en el periodico diocesano Idaho Catholic Register
¿Misión cumplida?
Padre Enrique Terriquez
Mc 16, 15-20
Celebramos la fiesta litúrgica de la Ascensión del Señor al cielo. Esta fiesta como tal separada de la fiesta de la pascua dio principio hasta el siglo V de nuestra era. Partimos del concepto, que el cielo no es un lugar sino una situación en la que seremos transformados si vivimos en el amor y en la gracia de Dios, para no imaginarnos el espacio sideral y descartar la idea de una subida de Jesús al estilo de los cohetes de la NASA. En el cielo de la fe no existe el tiempo, la dirección, la distancia ni el espacio. Nadie sube al cielo si no ha sido elevado por Dios (Lc 24, 51; Hechos 1,9) Hoy proclamamos que Jesús ha alcanzado la meta que toda la creación está llamada a lograr porque Jesús vive con Dios, en la absoluta perfección, presencia y luz divina. San Lucas es el único que nos narra la ascensión en términos de una ocultación palpable y de un desaparecer visible de Cristo en el cielo, cuarenta días después de la resurrección. San Marcos a quien leemos en este domingo solo dice: “El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. (16,19). Sabemos que el final de San Marcos fue añadido posteriormente y que este fragmento depende del relato de San Lucas. Para San Mateo Jesús ya ascendió al cielo al resucitar. Y para San Juan la muerte de Jesús significó su pasar de este mundo al Padre. El sentido de la ascensión es el mismo que el de la resurrección: Jesús no fue revivificado ni volvió al modelo de la vida humana. Fue entronizado en Dios y constituido Señor del mundo y juez universal, viviendo la vida divina en la plenitud de su humanidad. La narración de la ascensión de San Lucas en los Hechos y en su Evangelio, nos revela no solo a un teólogo sino a un escritor consumado que usa un género literario contemporáneo como el arrebato al cielo de Elías en un carro de fuego, para decirnos que el Hijo de Dios retornaba al lugar del que había venido, el cielo. Y en la bendición de Jesús a sus discípulos que vemos por primera vez y en la adoración de estos a él, también nunca antes vista, se nota que San Lucas nos dice que con la subida al cielo, la historia de Jesús alcanzó su plena perfección y que los discípulos entienden la plena dimensión y contenido de su mensaje. En Los Hechos y en el Evangelio de San Lucas nos queda muy claro que Jesús quien durante su vida tuvo poco éxito y murió miserablemente en la cruz, fue constituido por la resurrección en Señor del mundo y de la historia. Solo es invisible pero está presente. Está presente hoy en la Iglesia como ha estado presente a través de la historia en tantos evangelizadores cuya fe en Jesús ha sido inquebrantable, porque han creído que la elevación de Jesús al cielo es también nuestra y que solo existe el camino de la tierra para llegar al cielo, viviendo y experimentando ya la vida divina. San Lucas en su genial forma literaria nos dice que Jesús “se elevó mientras ellos miraban, y una nube lo ocultó de sus ojos” (Hechos 1,9). La nube por supuesto no es un fenómeno meteorológico, sino el símbolo de la presencia misteriosa de Dios, como cuando Moisés experimenta la cercanía de Dios dentro de la nube, o cuando el arca de la Alianza fue entronizada en el templo de Salomón se dice que “una nube llenó la casa de Yavé… la gloria de Yavé llenaba toda la casa”. (1 Re 8,10) La nube por consiguiente significa que Dios o Jesús está presente, aunque de forma misteriosa. No se le puede tocar y sin embargo está allí. Hoy, la Iglesia es el símbolo (signo-sacramento en el mundo) de la presencia de Dios. Esta es la misión que Cristo encomienda a sus discípulos cuando él asciende a su Padre. Nuestra respuesta de fe se impone.
El Padre Terriquez es el pastor jubilado de la
Comunidad Católica del Espíritu Santo en Pocatello.
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