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Lc 14, 25-33
No olvidemos que “el camino a Jerusalén” es como el salón de clase en el que Jesús instruye a las multitudes que lo seguían. Ser discípulo de Cristo es un tema fundamental para San Lucas que requiere de absoluta fidelidad.
A pesar de leer y releer este pasaje evangélico, no deja de incomodarnos. “El que no deja a un lado a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos," parece repulsivo. El renunciar a nuestras pertenencias y tomar la cruz, podría de pronto sugerirnos que el seguimiento de Jesús es nada menos que imposible. Sin embargo, Jesús, sigue llamando y con la gracia que trae consigo este llamado, incontables seguidores han respondido con entrega admirable a través de los tiempos, hasta el momento actual.
Aun cuando estas palabras de Cristo hayan sido muy duras para los que lo escucharon, no parece indicar que se hayan ofendido, pues estos Semitismos eran muy comunes en aquel entonces para llamar la atención sobre la importancia de un tema. Cristo y las exigencias del Evangelio tienen prioridad aun sobre la familia y posesiones.
Si somos honestos, en nuestra vida solemos tomar muchas cosas superficialmente, “por las ramas”. Así comenzamos proyectos, actividades y luego nos damos cuenta de que no tenemos base para continuar… Dejamos las cosas a medio camino, somos inconstantes. No profundizamos y abordamos las cosas desde su raíz, y no solemos estar preparados para lo que exige esfuerzo, tesón, fidelidad, a las primeras de cambio claudicamos.
Como cristianos nos sucede lo mismo. De vez en cuando hacemos propósitos de cambio, de tomar medidas para seguir mejor a Cristo… La experiencia de muchos de estos propósitos es descorazonadora; pronto dejamos lo emprendido, y volvemos al punto de partida. Somos buenos cristianos “por temporadas”. Tenemos un dicho que refleja esta actitud cuando decimos; “el infierno está lleno buenos propósitos”.
Como consecuencia, Jesús nos plantea la condición esencial del éxito de toda “empresa cristiana”: “lo mismo ustedes, el que no renuncia a todos sus bienes… Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser mi discípulo…” Tomar la cruz no significa aceptar los problemas y dificultades que se presentan en la vida, o como se oye decir a los esposos: “esta es la cruz que me tocó llevar” cuando hablan de las dificultades del matrimonio. La cruz a la cual se refiere Cristo no es solamente una forma de vida, sino más bien significa comprometerse absoluta e incondicionalmente a él.
En pocas palabras, la raíz de la fidelidad es la disposición de posponer cualquier valor, cualquier bien, cualquier persona, si esta se interpone entre las exigencias de Cristo y nosotros. La causa de nuestra inconstancia es que nuestras decisiones no son suficientemente radicales, fundadas en una entrega y un amor al Señor.
No tengamos miedo de entregarnos incondicionalmente a Cristo, ya que él ha tomado la iniciativa en su entrega a nosotros en la cruz para que tengamos vida y en abundancia. No podemos encontrar otra motivación mejor que la del que da la vida por sus amigos, y este es Cristo.
El Padre Terriquez es el pastor jubilado de la Comunidad Católica del Espíritu Santo en Pocatello.
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