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You have but one teacher, and you are all brothers


Mt 23:1-12

Thirty-first Sunday in Ordinary Time


EL EVANGELIO

Padre Enrique Terriquez


From the beginning of his Gospel, St. Matthew presents Jesus as the new Moses who comes to complete the Law: “Do not think I have come to abolish the law or the prophets; I have not come to abolish them but to fulfill them” (Mt 5:17). God had given his law through Moses in the past centuries (Ex 20); now the Son of God renews their understanding of that law: “A new command I give you: Love one another. As I have loved you, so you must love one another” (Jn 13:34).


“When Jesus saw the crowds, he went up the mountain, and after he had sat down, his disciples came to him. He began to teach them, saying, “Blessed are the poor in spirit, for theirs is the Kingdom of Heaven” (Mt 5:1-3). Jesus taught all who felt drawn to hear him. At the time of the Beatitudes, the Jesus’ movement (not yet called Christianity) already had many Jewish adherents and those from the pagan world, wealthy people and those without means, slaves and free. In the Beatitudes, the most diverse peoples could hear and encounter the same reality: The Kingdom of Heaven.


In his discourse on the scribes and Pharisees in today’s Gospel, Jesus denounces the oppression of those who believe they know God better than all others. In God’s plan, knowledge is to be shared so everyone can access it. Knowledge is a way to free oneself from ignorance and unwarranted fears. It is also a way to get closer to the people, to fraternize, because knowledge removes prejudices, and provides opportunities for empathy and compassion.


St. Matthew wants to make it clear that the disciples of Jesus must resist the temptation to turn the Kingdom of Heaven into an exclusive movement led by wise teachers or leaders superior to others. “Call no one on earth your father; you have but one Father in heaven. Do not be called ‘Master’; you have but one master, the Christ” (Mt 23:9-10). We are all brothers. The Church is a fraternal community that manifests itself to the world in the bond of unity and love.


St. Luke has left us the spoken portrait of God the Father in the parable of the “Prodigal Son” (Lk 15:11-32). The father anxiously awaits the son who had gone astray. He sees the son coming from afar, disfigured by hunger and by his ragged clothes. It is impossible to describe the father’s emotional welcome: the embracing arms, the kisses, the festive garment, the ring, and, above all, the restoration of his spoiled dignity, which aroused the ire of the older brother (Lk 15:11-32). Jesus’ parable of the Prodigal Son reveals the extravagance of God’s love for us. We are meant to reflect that prodigal love as a fraternal community. Moreover, we proclaim it openly in our liturgical celebrations, so we must practice it in our daily lives, helping all to know they are invited to participate in God’s banquet.


While Jesus shows us the tenderness of God the Father, He also reveals His indignation for the leaders of the people, the scribes and Pharisees. Jesus exposes the conduct of these leaders who “have taken their seat on the chair of Moses” (Mt 23:2), demanding from others what they did not live. Jesus condemns their blatant incongruity, “For they preach but they do not practice” (23:3).


The words of Jesus have not lost their relevance. His words are a warning to all of us, today, who call ourselves Church: the community of brothers and sisters in which we are all servants.


No tienen más que un Maestro, y todos son hermanos


Mt 23,1-12

31° Domingo del Tiempo Ordinario


Desde el comienzo de su Evangelio, San Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés que viene a completar la Ley: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). Dios había dado su ley por medio de Moisés en los siglos pasados (Ex 20); ahora, el Hijo de Dios les renueva la comprensión de esa ley: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).


“Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,1-3). Jesús enseñaba a todos los que se sentían atraí-dos a escucharle. En la época de las Bienaventuranzas, el movimiento de Jesús (que aún no se llamaba cristianismo) contaba ya con muchos adeptos judíos y del mundo pagano, ricos y sin recursos, esclavos y libres. En las Bienaventuranzas, los pueblos más diversos pudieron oír y encontrar la misma realidad: El Reino de los Cielos.


En su discurso sobre los escribas y fariseos del Evangelio de hoy, Jesús denuncia la opresión de quienes creen conocer a Dios mejor que todos los demás. En el plan de Dios, el conocimiento debe compartirse para que todos puedan acceder a él. El conocimiento es una forma de liberarse de la ignorancia y de miedos injustificados. También, es una forma de acercarse a la gente, de confraternizar, porque el conocimiento elimina los prejuicios y brinda oportunidades para la empatía y la compasión.


San Mateo quiere dejar claro que los discípulos de Jesús deben resistir la ten-tación de convertir el Reino de los Cielos en un movimiento exclusivo dirigido por sabios maestros o líderes superiores a los demás. “En cuanto a ustedes, no se hagan llamar maestro, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen padre, porque no tienen sino uno, el Padre celestial” (23:8-10). Todos somos hermanos. La Iglesia es una comunidad fraterna que se manifiesta al mundo en el vínculo de la unidad y del amor.


San Lucas nos ha dejado el retrato hablado de Dios Padre en la parábola del

“Padre pródigo” (Lc 15,11-32). El padre espera ansioso al Hijo que se había extraviado. Ve al Hijo que viene de lejos, desfigurado por el hambre y por sus ropas harapientas. Es imposible describir la emotiva acogida del padre: los brazos que lo abrazan, los besos, el vestido de fiesta, el anillo y, sobre todo, la restitución de su dignidad estropeada, que despertó la ira del hermano mayor. (Lc 15, 11-32). La parábola de Jesús del Padre Pródigo revela la extravagancia del amor de Dios por nosotros. Nosotros debemos reflejar ese amor pródigo como comunidad fraterna. Además de proclamarlo abiertamente en nuestras celebraciones litúrgicas, debemos practicarlo en nuestra vida cotidiana, ayudando a que todos sepan que están invitados a participar en el banquete de Dios.


Al mismo tiempo que Jesús nos muestra la ternura de Dios Padre, nos revela su indignación por los dirigentes del pueblo, los escribas y fariseos. Jesús denuncia la conducta de estos dirigentes que “se han sentado en la cátedra de Moisés” (Mt 23,2), exigiendo a los demás lo que ellos no vivieron. Jesús condena su flagrante incongruencia: “Porque predican, pero no practican” (23,3).


Las palabras de Jesús no han perdido actualidad. Sus palabras son una advertencia para todos nosotros, hoy, que nos llamamos Iglesia: la comunidad de hermanos y hermanas en la que todos somos servidores.


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